Posteado por: simplementein | enero 23, 2007

Liberarnos del dolor del Pasado

Nos liberamos al saber que no tenemos que ser víctimas de nuestro pasado, y que podemos aprender nuevos modos de responder. Pero hay un paso más allá de este reconocimiento…Es el paso del perdón. El perdón es el amor practicado entre personas que aman pobremente; nos libera sin esperar nada en cambio.
Henri J. M. Nouwen

Hoy dia mucha gente trata de sanar un pasado destrozado. Las vidas de innumerables personas han sido profundamente dañadas por haber sufrido cuando niños, ya sea psicológicamente, físicamente o, peor que todo eso, sexualmente. Los programas de televisión y las revistas tratan a diario de estos temas. En un programa tras otro los sobrevivientes comparten sus historias dolorosas ante un público hastiado e indiferente. Sin embargo, por más que se desnuden el alma, parecería que eso no les trae la sanación que buscan. ¿Cómo pueden encontrarla?

Ronald se crió en una finca en el oeste del Estado de Pennsylvania. Unos cuarenta parientes compartían la misma casa y a duras penas se ganaban la vida trabajando la tierra. Su niñez fue brutal. Ronald recuerda que sus primos trataban de ahorcarse el uno al otro; que una abuela les disparaba a los niños desobedientes con una escopeta cargada con sal gema.

Sin embargo, el padre de Ronald era un hombre inteligente, y finalmente se fue de la finca y se mudó con sus hijos a Long Island, donde encontró trabajo. Su situación material mejoró, pero no sus relaciones. Su esposa lo dejó, y él regularmente les pegaba a sus hijos, a veces severamente. Ronald vivía en constante temor de lo que le esperaba cada día al regresar de la escuela.

Un día, el padre quedó gravemente herido en un accidente automovilístico. Se rompió el cuello y quedó paralizado del cuello para abajo. Antes había sido el tirano de la casa, ahora era un parapléjico, dependiente por completo de otros para atender a sus necesidades diarias.

Siendo ya un joven adulto, Ronald tenía todas las razones del mundo para abandonar a su padre. ¿Por qué quedarse para cuidar al hombre que le había arruinado la vida? Sin embargo, nunca se fue de su lado. Aunque los beneficios médicos y de incapacidad le proveían ayuda, él mismo se encargó de la mayor parte de su cuidado. Durante años, ha atendido fielmente a las necesidades diarias de su padre, bañando, vistiendo y ejercitando las extremidades sin vida, los brazos que le habían castigado al punto que a veces se desmayó. Con frecuencia lo lleva al aire libre en su silla de ruedas, y padre e hijo hablan de las batallas emocionales que han librado y que siguen librando.

De vez en cuando los demonios del pasado todavía atormentan a Ronald, pero dice que al fin ha encontrado cierta medida de paz, la paz que tanta falta le hizo en su niñez. Más que nada, su atención cariñosa atestigua el perdón y la sanación que tanto él como su padre sienten ahora.

Karl, un miembro de nuestra comunidad que falleció en 1993, también sufrió una niñez muy dura. Hijo único de una familia de la clase trabajadora alemana, sus primeros años se vieron ensombrecidos por la Primera Guerra Mundial y la devastación económica que siguió. Perdió a su madre cuando él tenía cuatro años, y la madrastra murió cuando tenía catorce. Entonces el padre puso un aviso en el periódico, pero sin mencionar la existencia de Karl: “Viudo con tres hijas busca ama de llaves; posibilidad de matrimonio futuro.”

Se presentaron unas cuantas mujeres, y al final una decidió quedarse. No fue hasta más tarde que se enteró de la existencia de un varón en la casa, y nunca perdonó por completo a su nuevo marido por habérselo callado. La comida de Karl siempre era inferior a la del resto de la familia, y la madrastra constantemente se quejaba de él.

El padre de Karl se quedaba callado y no hacía nada por defender a su hijo ante el trato severo y desalmado de la nueva esposa. Peor aún, se unía a ella en maltratar al muchacho y con frecuencia le azotaba usando una correa de cuero con anillos de bronce. Cuando Karl trataba de protegerse, su padre se enfurecía más y le pegaba por encima de la cabeza y en la cara.

Tan pronto como pudo, Karl se fue de casa. Atraído por el movimiento juvenil que en aquellos años de posguerra se extendía por todo el país, se unió a las filas de ateos, anarquistas y otros que querían transformar el mundo, y se propuso hacer lo que estaba en su poder para que la sociedad jamás volviera a ser como antes. Caminó a través de Alemania hasta que se topó con el Bruderhof; allí respondió al amor que sintió en seguida, y decidió quedarse. Entusiasmado, se lanzó a la vida en comunidad, pero las experiencias de su niñez no lo dejaban en paz. Una y otra vez, el resentimiento que sentía hacia sus padres le pesaba en el alma. Finalmente, fue a hablar con mi abuelo y le confió todos sus sentimientos de ira y odio.

La respuesta fue sorprendente. Eberhard Arnold sugirió que Karl escribiera a sus padres, pidiendo su perdón por todas las veces en que intencionalmente los había ofendido o les había causado pena. Le dijo a Karl que mirase únicamente su propia culpa, no la de ellos. Karl quedó estupefacto, pero siguió el consejo y escribió a su padre. La carta llegó a su destino, y aunque el padre nunca le pidió perdón por lo que le había hecho sufrir, a Karl se le quitó un peso de encima. Por primera vez en su vida había encontrado paz, y nunca volvió a quejarse de su niñez.

Maria, una amiga de nuestra familia, se sobrepuso a sus penosos recuerdos de una manera similar:

Mi madre murió a la edad de cuarenta y dos años, dejando a mi padre con ocho hijos, de entre uno y diecinueve años de edad. Esta pérdida fue devastadora para nuestra familia, y mi padre sufrió una crisis nerviosa justo cuando más lo necesitábamos. Trató de abusar sexualmente de mi hermana y de mí, de modo que comencé a resentir su presencia y hasta odiarlo.

Entonces él se mudó de casa; yo me fui a estudiar a Europa. Durante siete años no lo vi, pero me aferré a mis sentimientos de odio y los dejé crecer en mi alma. Volví a Sudamérica, donde me comprometí con un amigo de infancia. Fue entonces que mi padre me pidió que nos encontrásemos, pero yo me rehusé. De ninguna manera habría querido encontrarme con él, pero mi novio insistió. Dijo que yo no podía rechazar un pedido como éste, que tenía que responder a sus deseos de reconciliación. Me costó una verdadera batalla, pero al fin asentí. Mi novio y yo nos arrodillamos en oración para pedir la ayuda de Dios, y la paz entró en mi corazón.

Nos encontramos en un café, y antes de que yo dijera palabra mi padre empezó a hablar, arrepentido, y me pidió que le perdonara. Esto me conmovió mucho. Me di cuenta de que aferrarme a mi odio sería un gran pecado. También reconocí que mi odio había cerrado la puerta a Dios, a su amor y a su perdón en mi propia vida.

Tal vez lo más difícil de todo es perdonar el abuso sexual de un niño. La víctima – la niña, el niño – siempre es completamente inocente, mientras que el violador, el adulto, siempre es totalmente culpable. ¿Y por qué los inocentes habrían de perdonar a los culpables? Es triste observar que muchas personas que fueron víctimas de abuso sexual en su infancia se imaginan que de alguna forma ellos son los culpables, que provocaron o hasta se merecían ese ultraje. Para ellos, perdonar parecería confirmar que efectivamente es así.

Por supuesto, no es verdad, todo lo contrario. El perdón es necesario sencillamente porque ambos, víctima y violador, aprisionados por una oscuridad que comparten, permanecerán encadenados a esa oscuridad hasta que alguien les abra la puerta. El perdón es la única salida y, aunque nuestro adversario prefiera quedarse en la oscuridad, esto no ha de detenernos. Si le dejamos la puerta abierta, hasta puede que nos siga en el camino hacia la luz.

Kate, una abuela que vino al Bruderhof con su esposo e hijos, también fue víctima de abuso sexual en su niñez. Pero una vez que pudo enfrentar sus propios sentimientos, se dio cuenta de que podía reconciliarse con su madre, quien a su vez tuvo un cambio de corazón.

Nací en un pequeño pueblo canadiense, poco después de la Segunda Guerra Mundial; soy hija mayor de una familia de origen menonita ruso. Éramos pequeños agricultores en una aldea granjera donde las condiciones de vida eran sumamente primitivas.

Recuerdo haber ido a la iglesia de pequeña, pero dejé de ir cuando empecé la escuela. Mi padre tuvo que vender la finca. Todos los días se iba a la ciudad, a veinticinco millas de distancia, donde estaba empleado en la construcción; y después de una jornada de doce horas todavía tenía que cultivar el pequeño terreno que nos quedaba.

Éramos cuatro hijas. Había tensiones en la familia, pero no las podíamos entender. Cuando yo tenía nueve años nació mi hermano, y las cosas empeoraron. Cada día mamá estaba menos en casa. No nos dábamos cuenta en aquel entonces, pero ella había comenzado a beber.

Al poco tiempo, la madre de Kate empezó a llegar a casa borracha, y sus padres se separaron. Ya no quedaba nada que se parecía a una vida de familia. La casa estaba descuidada, la ropa sucia sin lavar; todo dependía de Kate, una niña de trece años.

Cuando Jaimito, el menor, empezó a ir a la escuela, mamá estaba muy poco en casa. Yo nunca tuve tiempo para hacer los deberes, y no aprendía casi nada, de modo que tuve que repetir el noveno grado.

Mis dos hermanas menores se fueron, encontraron empleo y vivieron juntas en un apartamento en la vecindad. Yo me quedé en casa; alguien tenía que cuidar a los pequeños y, mal que bien, por lo menos tenían de comer.

En la ciudad, los hospitales para adultos incapacitados estaban llenos, y el gobierno encargó el cuidado de personas más o menos independientes a familias del vecindario. Parecía ser una fuente de ingreso para nuestra familia, y mamá alojó a dos señores mayores y una señora. Yo tuve que dejar mi cama para uno de los hombres, y compartir una cama de dos plazas con la mujer, que se pasaba muchas noches sin dormir. Cuando le dije a mamá que ya no podía más y que pidiera al hospital que se la llevaran de vuelta, mamá no estuvo de acuerdo; al fin y al cabo, los cheques llegaban todos los meses. Dijo que vendría a casa por las tardes para ayudarme. Pero ¡en qué condición llegaba a la casa! Para colmo decía que si no fuera por mí, ella no estaría metida en tantos líos.

Al principio no podía entender qué era lo que quería decir, pero más tarde me enteré que a mis padres los habían obligado a casarse porque mamá estaba embarazada de mí. A veces me maltrataba físicamente. Si por la mañana me preguntaba qué eran esos moretones en mi cara y yo le contestaba que fue ella la que me los había dado, me llamaba mentirosa.

A los dieciséis años, Kate abandonó la escuela para dedicarse de lleno al cuidado de sus hermanos. En esa época llegó a conocer a Tomás, y dos años más tarde se casaron. Todavía recuerda el sentimiento de culpa que sintió cuando la madre le preguntó, en tono acusador: “¿Y quién va a hacer el trabajo aquí?” Sin embargo, Kate se fue de casa, y junto con Tomás se dedicó a su propio hogar.

A esas alturas, yo sólo quería olvidarme de mi madre. Tenía mi propia familia, y mis suegros adoraban a mis hijos. Un día de repente mi madre quería verme, pero yo encontré varias razones para no visitarla. Esta vez era yo la que tenía la sartén por el mango.

El divorcio de mis padres se había finalizado. Con el tiempo, mamá dejó de beber; se dio cuenta de que se mataría si continuaba bebiendo con la medicina que tomaba para la presión arterial. Aún así, yo no quería nada que ver con ella; sencillamente no le tenía confianza.

Unos años después, la familia se mudó al Bruderhof. Kate iba a dar a luz, y Tomás invitó a la mamá para que compartiera nuestra alegría.

Yo estaba furiosa y le dije a Tomás que no estaba de acuerdo: “Tú la llamas ahora mismo y le dices que no venga. Dile lo que te dé la gana, pero éste es mi bebé, y yo no estoy dispuesta a compartirlo con ella.” Fui muy desagradable. Al final, fui a ver uno de los ancianos de nuestra comunidad y nos sentamos a hablar del asunto.

Él me escuchó sin decir nada, y al final me dijo: “Si quieres llamarte cristiana, tienes que hacer las paces con tu madre.”

“Usted no conoce a mi madre.”

“No tiene nada que ver. Dios nos manda honrar a padre y madre. En ninguna parte dice: con excepción de tal y tal circunstancia.”

En fin de cuentas, mi madre vino. Cuando llegó, no estaba bien de salud y necesitaba mucho cuidado. Aunque yo me resistí, finalmente pudimos hablar. Pocos días antes de volverse a su casa, yo sentí que había algo que ella estaba tratando de decirme; más que eso, parecía estar dispuesta a escuchar lo que yo tenía que decirle. Ella quería establecer una nueva relación conmigo; yo también lo deseaba, y ella estaba decidida a remover cualquier obstáculo. En ese momento me di cuenta de que ella ni siquiera estaba consciente de lo que había hecho…Ahora que pude perdonarla, para las dos había llegado el momento de sanar.

En el ambiente acogedor de su hogar, Kate hizo las paces con su madre. Fue capaz de perdonar las profundas heridas del pasado, pero reconoció además algo muy importante: No había sido sólo la falta de amor por parte de su madre sino también su propia frialdad lo que las mantuvo separadas por tantos años.

No todos los casos de distanciamiento entre padres e hijos son tan bien definidos. Susan vino de California, de circunstancias muy diferentes. Nunca sufrió verdadero abuso a manos de sus padres. Sin embargo, al igual que Kate, estuvo amargada con su madre durante muchos años, y sólo cuando pudo perdonar comenzó a sanar.

Desde que puedo recordar, mi relación con mi madre era difícil. Temía sus arrebatos de cólera, su lengua mordaz, y nunca sabía cómo complacerla. Todo esto resultó en que yo sintiera un enojo profundo, escondido, latente, que acabó por aislarme de ella. Le guardé rencor por las injusticias que recordaba de mi infancia, las palabras duras y unos cuantos golpes, todo lo cual no valía la pena mencionar. Me volví quisquillosa con sus regaños y me sentí rechazada. En fin, nunca tuvimos una relación franca y sincera. En lugar de eso, yo me arrimé a otros adultos, especialmente a mis maestras de escuela. Mi madre resentía mi apego a las maestras, pero nunca dijo nada. Recuerdo fantasear que me sacaron de mi familia y que una de ellas me adoptó. También recuerdo tener la sensación de no pertenecer a nadie, una sensación casi física que me sobrevenía en oleadas.

En mi anhelo de ser aceptada, traté de ser “buena” y oculté mis verdaderos sentimientos. Quizás no ayudaba el hecho de que nos era prohibido contestar o decir que no a nuestros padres o a cualquier otro adulto. Éramos niños, y en la presencia de los adultos teníamos que callarnos.

Las cosas empeoraron cuando llegué a la adolescencia. Encontré cada vez más formas sutiles de manifestar mi irritación y de hacer lo que me daba la gana. También encontré más formas de esquivar a mi madre y en cierto sentido “desquitarme”. Esto contribuyó, en gran medida, a que yo tuviera una relación secreta y adúltera con nuestro pastor, que solía visitar a mis padres. Esa relación al fin se acabó y me casé con otro hombre, pero seguía distanciada de mi madre.

Mamá tuvo largas temporadas de crisis físicas y emocionales durante aquellos años, pero me costaba compadecerme de ella o siquiera mostrar algún interés. En realidad, era una atadura muy extraña, porque al mismo tiempo estaba desesperada por complacerla.

Al fin le tendí la mano cuando ella estaba tomando parte en un programa de “doce pasos contra el alcoholismo”. Pasamos una semana maravillosa. Yo estaba dispuesta a hablar, pues había atravesado un período de arrepentimiento que me llevó a Jesucristo. A pesar de eso, poco después la puerta se cerró de nuevo. Aunque ahora no sabría explicar por qué, yo le eché la culpa a ella.

Finalmente comprendí que su manera de ser, fuerte y segura de sí misma, no era más que un caparazón, debajo del cual se ocultaba una persona muy insegura que en su propia niñez había sufrido mucho. Ambas habíamos tratado, cada una a su manera, de hallar a la otra; ambas temíamos ser rechazadas, de modo que nuestros esfuerzos no penetraron debajo de la superficie. Me avergüenza decir que al cabo de dos semanas sencillamente dejé de hablarle.

El momento decisivo vino unos años después, cuando una amiga insistió en que yo escuchara las grabaciones de Charles Stanley, un pastor bautista. Nunca había oído hablar de él, pero estaba buscando respuestas, así que lo escuché, aunque con cautela. No recuerdo exactamente lo que dijo, pero era lo que me hacía falta en ese momento. Llegué a ver que yo llevaba gran parte de la culpa en aquella relación y que necesitaba pedir perdón, y perdonar a mi vez.

Poco después, visité a mis padres para hablarles del Bruderhof y de mi intención de ingresar como miembro. Cuando estuve a solas con mi madre, le pedí perdón por mi comportamiento en el pasado y le dije que también le perdonaba a ella. Le admití que toda la vida había estado enojada con ella, aunque no estaba segura por qué. Ella no entendió por qué yo tenía que estar enojada, pero también se disculpó por el dolor que me había causado. Me dijo: “Lo pasado ya pasó y no puedo remediarlo, pero ahora tenemos que seguir adelante.” Fue el principio de sanar para ambas. Me permitió abrirme, ser honesta y expresar mi profundo deseo de amar y de ser amada tal como era, y no por lo que creía yo poder dar a otros.

Lo irónico en todo esto es que, algunos meses más tarde, estábamos viendo televisión en casa de mi tía cuando Charles Stanley apareció en la pantalla. Como las dos buenas protestantes episcopales que son, mamá y mi tía refunfuñaron: “Ay, ¡ese hombre no!” y se levantaron para cambiar el canal. Pensé que Dios se estaba sonriendo conmigo.

Una vez que le hicieron frente a su enojo, Susan y su madre pudieron comenzar a reconstruir su relación. Muchos que tienen historias parecidas continúan sufriendo innecesariamente porque no pueden perdonar. No importa quiénes somos ni de dónde venimos. Lo que importa es que perdonemos y que nos abramos a la obra de Dios. Entonces sí que pueden ocurrir milagros. Puede que en ocasiones surjan recuerdos dolorosos para enturbiar las aguas, pero no debemos permitirles que nos empañen la vista. Aunque no podamos olvidar, debemos creer que sí podemos perdonar; y cuando hayamos perdonado, empezaremos a sanar.


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